martes, 9 de marzo de 2010

yo un 6, tú un 9

Habíamos estado hablando por teléfono esa mañana. Una conversación sin alusiones calientes al hecho de que llegábamos a ese punto en el que las frases ya tenían doble significado para intuir lo que no decíamos, ese punto en el que las palabras se derretían antes de ser pronunciadas, ese punto en el que oir su voz hacía humedecer cada rincón de mi cuerpo... Había ganas de sexo. Y muchas.

Tras colgar, dejé el teléfono, sin voz, dentro de un cajón para evitar la tentación de llamarle y de responder si llamaba. Pero no podía evitar, de vez en cuando, mirarlo para comprobar que, transcurrido el día, él no daba el paso… Cogí un libro para distraerme, y leía pero no sé qué leía porque mi mente estaba en otro sitio, entre sus piernas, bajo su pantalón, en esa zona que tantas veces he deseado tocar y saborear.

Ya es media tarde. Me levanto del sofá, voy a la habitación. No, ahí no, pues sucumbiría a la autocomplacencia de tocarme pensando en él. Vuelvo al sofá, no sin antes echar una ojeada al cajón para comprobar con sorpresa una llamada no respondida.

Mi corazón da un vuelco, mi estómago se encoge, mi respiración se corta, mi mente se nubla por un momento… Y me asalta la duda de responder o no. Estoy ansiosa, impaciente, caliente. Le llamo, me responde. En cuarenta minutos viene. Nervios.

En la ducha, el calor de mi cuerpo no me deja notar la calidez del agua caliente que cae sobre mi piel. Decido no vestirme todavía, sólo me pongo un culotte, imaginando que él me lo quitará bajándolo lentamente mientras me pide que me toque para él.

Aún faltan veinticinco minutos. No puedo esperar más. Imaginarme sus caricias ha hecho subir aún más mi temperatura, y empiezo yo sola… Noto la ropa del culotte mojada entre mis piernas, sólo de pensar en él. Con un escalofrío, mi mano se desliza bajo esa ropa mojada, impregnándose de mi humedad, rozándome suavemente. Con la otra mano acaricio mi piel, erizada por el frío y el calor que me recorre a la vez. Mis dedos entran y salen tímidos, temiendo hacer su recorrido demasiado bien y hacerme llegar al final antes de tiempo.

Oigo pasos subir por la escalera. Suena el timbre. Es él. Me levanto de un salto para abrir la puerta, sin pensar que estoy aún en ropa interior, con el pelo revuelto, con olor a sexo en mi mano…

Me escondo tras la puerta y le hago a pasar.

- ¿llego demasiado pronto?… ¿o es que has empezado sin mí?…

Mis mejillas arden, no sé si de vergüenza o de deseo. No me da tiempo a contestar, mi mano me delata. Él la coge y poniéndola sobre sus labios, me lame los dedos mientras camina de espalda hacia la habitación arrastrando de mí.

- …puedes seguir con lo que estabas haciendo, yo te miro mientras voy quitando mi ropa…

Me tumbo sobre la cama. Él me mira, yo me toco. Yo le miro, él se desnuda. Se tumba a mi lado y aparta la mano de mi entrepierna para dejar caer suavemente la suya. Y continúa lo que yo empecé sóla hace rato, llevándome casi al borde del orgasmo.

- espera… todavía no…

Se queda tumbado y me hace poner sobre él, acoplando nuestros cuerpos cómo un símbolo yin-yang. Yo con su sexo en mi boca, él con el mío sobre la suya.

Por fin podía deleitarme con su sabor, con sus caricias, con sus manos apretando mi nalgas, con su lengua lentamente lamiendo, dibujando círculos casi sin rozarme, con sus dedos explorando, entrando y saliendo, dándome un intenso placer, por delante, por detrás… De vez en cuando él paraba para gemir y recobrar el aliento cuando yo aceleraba el ritmo de mi boca sobre la piel caliente de su sexo. Mis labios se deslizaban arriba y abajo, haciéndolo desaparecer en mi garganta. Mis manos acariciaban sus muslos y su entrepierna, y después su sexo otra vez, acompañando el paseo de mis labios y mi lengua, mientras en mi mente retenía esa imagen para que después me acompañe en las noches solitarias…

He llegado al éxtasis con su sexo en mi boca, palpitante, notando segundos después sobre mi lengua cómo sus espasmos empujaban su placer caliente, espeso, hacia mi garganta, escapándose a borbotones por la comisura de mis labios, resbalando de mi boca todavía jadeante, incapaz de retenerlo dentro de ella.

Me he tumbado a su lado y me he agarrado a sus piernas que aún se estremecían de su orgasmo.

Tras recuperar el aliento, una mirada suya ha bastado para encender la chispa otra vez. Las bocas se han buscado, las manos han acariciado, los cuerpos se han acoplado, los sexos se han encontrado, y se han penetrado. Ahora él arriba, yo abajo. Ahora yo encima, él debajo.

Después de parar unos segundos para poder alargar el placer unos minutos más, me he quedado frente a él dándole la espalda, apoyada sobre mis rodillas y mis codos, invitándole a encontrar un camino alternativo entre la humedad de mis fluidos. Se ha incorporado y, tras preparar el camino dulcemente, se ha colocado detrás de mí y ha iniciado el recorrido de la sodomía muy despacio, con ternura. Ha ido aumentando el ritmo muy lento, cada vez un poco más rápido, cada vez un poco más adentro. Con sus manos se aferraba a mi cintura, ó acariciaba mi espalda, ó tocaba mi sexo. Con cada movimiento suyo, una descarga subía y bajaba por toda mi columna, acompañada de un extraño placer que se transformó después en un intenso orgasmo que provocó el suyo también, dejando fluir su excitación dentro de mí.

Y así pasamos la tarde, conociendo nuestros cuerpos, explorando nuestros deseos, llenando la habitación de sexo caliente, intenso, sensual, lascivo, dejando las paredes impregnadas de nuestro jadeos, de nuestro placer…

1 comentario:

JAUME dijo...

mmm... ¡un placer leerte de nuevo!

Besos (allí donde más... )